El Auge de la Ultraderecha en Alemania y la Debilidad de Merz Inquietan en Bruselas
Alemania ha sido durante años, junto con Francia, un ancla para la Unión Europea. El empuje de los dos grandes del club comunitario ha movilizado los proyectos europeos y supuesto el elemento definitivo para inclinar cualquier balanza. “Berlín era estabilidad, te gustase más o menos su enfoque, pero era estable”, señala una alta fuente comunitaria. El auge de la ultraderecha euroescéptica de Alternativa para Alemania (AfD) —como se ha visto en los resultados electorales regionales— y la vulnerabilidad en la que deja al canciller Friedrich Merz, junto al retroceso su partido, los conservadores de la CDU, dejan a Berlin políticamente muy debilitado en una de las etapas más delicadas de la integración europea en años, con los ataques del estadounidense, Donald Trump, el empuje de China, y la guerra de Rusia contra Ucrania.
Las elecciones regionales alemanas —el domingo AfD ganó con claridad en Mecklemburgo-Pomerania Occidental y obtuvo un resultado relevante en Berlín y dos semanas antes, logró un excelente resultado en Sajonia Anhalt— han sido, además, la antesala de un super año electoral en el que preocupa especialmente el avance de las fuerzas de ultraderecha contrarias al proyecto europeo, pro-Kremlin y populistas.
Es el caso de Francia, donde el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen, un partido también euroescéptico, tiene muy buenas perspectivas en los sondeos, y donde el Gobierno de Emmanuel Macron lleva un tiempo bastante débil. Polonia, Italia y España también celebrarán comicios. Sobre todos planea la ola ultra.
El “desastre” electoral para los partidos tradicionales de Alemania, como lo ha calificado el propio Merz, llega además en un momento crítico para la UE, que tiene asuntos urgentes que sacar adelante: el próximo presupuesto comunitario, el futuro de la industria, la defensa, Ucrania, la energía, la inmigración y la ampliación. Para todos esos asuntos, Alemania y Francia habrían sido el eje, el ancla. Ahora ambos tienen problemas internos muy serios que resolver.
Los Veintisiete tienen que pisar el acelerador para conseguir aprobar, antes de que acabe el año, el presupuesto plurianual 2028-2034, una de las grandes batallas que cada siete años se libran en Bruselas y que, en esta ocasión, viene con presión añadida: la alta posibilidad de que en las presidenciales del año que viene en Francia gane Le Pen hace que todo adquiera más urgencia.
“No hace falta que AfD entre en el Gobierno para modificar la política europea. Basta con que obligue a los conservadores a endurecer sus posiciones”, remarca un diplomático europeo. “Y Merz necesita fuerza en Berlín primero para poder maniobrar en Bruselas”, prosigue. Pero desde la inmigración a la industria pasando por la defensa o la política hacia Ucrania, todos los asuntos sobre la mesa en Bruselas tienen un coste político interno. Para Alemania y para el resto de Estados miembros. También, y es lo más visible, el próximo presupuesto comunitario.
Alemania ya está en esta batalla presupuestaria en el bando de los frugales más duros —junto con Países Bajos, Austria, Finlandia, Suecia y Dinamarca— que se niegan a aceptar el presupuesto aumentado y, por el contrario, exigen una reducción de “varios miles de millones de euros”. Y la presión de la ultraderecha en este sentido desde luego no hará a Berlín cambiar de posición, aunque sí podría encastillarse más aún en su nein al gasto aumentado como propone España, o a las fórmulas alternativas de ingresos —los denominados por Bruselas nuevos recursos propios— que pasen por ejemplo por gravar a las grandes empresas y el tabaco. O destinar al presupuesto europeo parte de los ingresos que los Estados obtienen de los derechos de emisión de carbono.
Nadie quiere comentar abiertamente cómo pueden afectar las recientes victorias y avances de AfD en la posición alemana. En Bruselas siempre hay una buena excusa para ello: en la UE se trata con los gobiernos centrales, no con los regionales, recuerdan. Pero la cuestión, sin duda, planea en todos los despachos y embajadas.
En un encuentro con periodistas este lunes, el ministro irlandés para Asuntos Europeos, Thomas Byrne, cuyo país ostenta este semestre la presidencia europea de turno y que por tanto tiene que intentar llevar a buen término las negociaciones, aseguraba que, elecciones aparte, la presión para sacar los presupuestos no ha cambiado.
“El sentido de urgencia no ha cambiado, siempre dijimos que necesitábamos un acuerdo para finales de este año”, ha recordado. “Si no concluimos las discusiones este año, independientemente de qué elecciones se vayan a celebrar, independientemente de quién gobierna, habrá beneficiarios decepcionados, lo que afectará gravemente a la credibilidad de la Unión Europea”, ha señalado el irlandés.
El problema no obstante va más allá de los presupuestos. También es una cuestión de estabilidad de posiciones en una ciudad donde se negocia larga y duramente cada política. Alemania solía ser uno de los pilares estables europeos, pero ya desde el anterior gobierno de coalición liderado por el socialdemócrata Olaf Scholz, ocupado en disputas internas y metas políticas contradictorias, sobre todo en materia de medio ambiente, empezó a dar unos bandazos que dejaron confusos a muchos de sus aliados europeos. Como cuando estableció un peligroso precedente en 2023, cuando insistió en reabrir la negociación ya cerrada —solo faltaba una ratificación protocolaria— sobre la prohibición de la venta de vehículos nuevos de motor de combustión en 2035.
Las batallas internas entre socialdemócratas, verdes y liberales también provocaron una parálisis en Bruselas —donde Alemania llegó a muchos debates sin una posición definida— que hizo que el relevo en las urnas fuera recibido con alivio.
Pero la llegada de Merz al poder tampoco ha traído la estabilidad esperada. Desde su llegada al poder, en mayo de 2025, ha tenido además varios patinazos, como su fallida propuesta de crear un estatus como “miembro asociado” para Ucrania —aunque en un sentido muy diferente al planteado por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, para Canadá ahora— que hasta Kiev rechazó. O su plan para entregar a Ucrania los activos rusos congelados en la UE por las sanciones al Kremlin.