La Responsabilidad del Porvenir

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El viernes 25, de regreso de Estados Unidos, acudí a la clausura del Campus FAES en la sede de la Fundación Ortega-Marañón. Tras una semana siguiendo el periplo de Pedro Sánchez en torno a la apertura del nuevo periodo de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas, me embargó una sensación de urgencia y, al tiempo, de esperanza. Me explico.

El viaje presidencial tenía como cita central la intervención ante la Asamblea General, pero dejó además otros episodios que, contemplados en conjunto, completan una realidad inquietante: la entrevista con Christiane Amanpour, importante figura del periodismo internacional, sobre Ceuta y la conferencia en Harvard, cuyo coloquio constituyó un serio aldabonazo sobre la corrupción que rodea La Moncloa.

Harvard proporcionó quizá la escena más incómoda. Sánchez fue a hablar de las amenazas de los gigantes tecnológicos para la democracia. En el turno de preguntas, un estudiante -de tercer curso e investigador en seguridad de la inteligencia artificial-, comenzó subrayando su acuerdo con la denuncia sobre la influencia corruptora del dinero en la política y cambió de tercio. Enumeró las causas judiciales que atañen al entorno del presidente e inquirió cómo pretendía recuperar la confianza de los ciudadanos en las instituciones. Conozco bien esa libertad de interrogar; en noviembre de 2017, con el referéndum ilegal catalán en el retrovisor, tuve el honor de contar con Joseph Nye, maestro de las relaciones internacionales. Me presentó y moderó en ese mismo contexto un debate en el que menudearon los comentarios acerados, alma de estos formatos.

Lo llamativo fue la respuesta de Sánchez, con su aplomo proverbial acusando momentos de titubeo. Reconoció casos de corrupción en su Gobierno y en su partido, afirmó haber reaccionado eficazmente y, al llegar a su familia, aquello fue otra cosa: "política sucia". Reprochó incluso al alumno haber condenado a su mujer y a su hermano, pese a que la pregunta se había limitado a describir las varias situaciones judiciales. Y la corrupción establecida tampoco afecta a desconocidos que pasaban por allí. José Luis Ábalos fue colaborador decisivo en la reconquista por Sánchez de la Secretaría General del PSOE, después secretario de Organización y ministro. La sucesión de causas, procesos y sospechas en el círculo familiar y político del presidente ha creado una atmósfera asfixiante que ya no queda dentro de nuestras fronteras.

Durante años, la imagen de Sánchez contó en el exterior con activos personales indudables: buena planta ante las cámaras, facilidad de trato e inglés más que decente. Esa ventaja se ha evaporado. Hoy los problemas que le persiguen en España viajan con él. Y cuando un presidente queda internacionalmente atrapado por el magma que arrastra en casa, no queda arrinconado solamente él; también se reduce el espacio de proyección del país que representa.

Ante Amanpour, ofreció otra muestra de incongruencia. Ella le preguntó directamente qué había hecho mal su Gobierno para que decenas de miles de personas entraran en Ceuta y por qué no se habían atendido las advertencias previas. Sánchez respondió identificando Ceuta y Melilla como ciudades españolas y frontera europea, para, a renglón seguido, pedir la solidaridad de nuestros socios. Una solidaridad que, en lo esencial, Europa no ha regateado. Ursula von der Leyen acababa de afirmarlo en el repaso del "Estado de la Unión" con una claridad difícil de mejorar: "Ceuta es España. Ceuta es Europa. Y Europa estará ahí para ayudaros".

Pero el acto que justificaba el desplazamiento era ante la Asamblea General. Y ahí apareció con toda nitidez el hilo conductor del viaje: enfocar el relato en Pedro Sánchez. Así, el discurso arranca autocentrado (inusual en él, perdió esporádicamente fluidez de palabra). Han transcurrido ocho años desde su primera comparecencia ante aquella Asamblea y detalló cómo ha mudado el mundo desde entonces. A partir de ahí comenzó un reparto de credenciales de índole moral: quienes creen en el multilateralismo y quienes pretenden destruirlo; estos últimos cuestionan las normas, las incumplen y desprecian las instituciones. "No hace falta señalarlos", dijo, "todos sabemos quiénes son", con guiño de satisfacción por la diana norteamericana. En este mismo registro podría haber abordado Rusia, que aspira a quebrar por la fuerza principios fundamentales del orden internacional, o China, que impulsa un multilateralismo asentado sobre presupuestos muy distintos de los que han caracterizado el orden internacional basado en reglas que concitaba su reflexión. Pero no, el dardo tenía por objetivo el Potomac.

Siguió una extensa reivindicación de las Naciones Unidas y un largo pasaje consagrado al feminismo, Clara Campoamor y la proclamación inexorable del deber de elevar una mujer latinoamericana a sucesora de António Guterres. Éstos son asuntos dignos de consideración. Aunque, puestos a batirse por la Carta, había materias de una urgencia difícil de exagerar -la seguridad, la soberanía de los Estados y la prohibición de modificar por la fuerza fronteras internacionalmente reconocidas-. Principios que conciernen a Ucrania, pero que tampoco son actualmente abstractos para España. Después llegó el balance. "Nos hemos negado", "hemos hecho", "hemos movilizado" (lo mayestático del "nos" quedó patente). Y, en medio de ese inventario, Sánchez volvió a sacar pecho de haberse negado a "aumentar nuestro gasto militar al 5%", omitiendo que el pacto de La Haya distingue un 3,5% destinado propiamente a defensa y un 1,5% a inversiones aledañas a la seguridad. ¿Responde ese postureo al interés de España o a una deriva puramente personal?

Ceuta apareció fugazmente como otro ejemplo de virtud. Según Sánchez, "la desigualdad, la desesperación y la desinformación" han alimentado la crisis, con Marruecos suspendido en el rincón de lo no dicho. No hay una palabra sobre su responsabilidad ni sobre el estado real de una relación bilateral decisiva para nuestra seguridad. Resulta, en fin, provocador que el presidente que ante Amanpour había reclamado solidaridad europea no hallara desde el atril del mundo una sola ocasión para mencionar a Europa o la Unión Europea, nuestro proyecto de futuro y el marco natural de defensa de nuestros intereses. De todo ello, mutis; ni una simple vocalización.

El contraste con otros europeos es ilustrativo. Emmanuel Macron -como él, en la recta final de su mandato- dedicó buena parte de su alocución a intereses franceses perfectamente trabados con los europeos -Ucrania, las garantías de seguridad, Ormuz-. Antonio Tajani, antiguo presidente del Parlamento Europeo y conocedor de España, combinó en nombre de Italia principios e intereses concretos: la defensa de las reglas, África a través del Plan Mattei, el corredor India-Oriente Medio-Europa. Una política exterior es precisamente eso: valores practicados -que no solo enunciados-, pero también geografía, intereses, alianzas y bazas de maniobra. La política exterior no puede reducirse a la proyección internacional de quien ocupa transitoriamente la Presidencia del Gobierno. España tiene una localización, unos compromisos europeos y atlánticos, y unos vínculos históricos que han de guiar a cualquier gobernante. Tiene intereses permanentes en el Mediterráneo, Iberoamérica y Estados Unidos. Defenderlos exige continuidad, interlocución y capacidad para encontrar acuerdos más allá de las afinidades ideológicas.

Con estas imágenes y reflexiones presentes, llegué al Campus FAES. Y quizá por eso escuché su clausura desde una perspectiva distinta: preguntándome qué país estamos preparando. José María Aznar (presidente de Fundación FAES) había formulado una frase incisiva frente al "muro" levantado por Sánchez en su investidura: «Los españoles decidirán con qué partido cuentan; lo contrario de ahora, en que un partido decide con qué españoles cuenta». Destacó en Alberto Núñez Feijóo el sentido de Estado y la disposición de gobernar con "cabeza fría y pulso firme". Feijóo trabó un discurso muy suyo, orientado a reconstruir un contrato social en el que reconozcamos lo que nos debemos unos a otros.

Ahí reside la cuestión decisiva. España necesita un proyecto de país que no sea rehén de las veleidades y lastres personales de quien gobierna ni de la conveniencia inmediata de un partido; que vuelva a contar con los españoles en lugar de clasificarlos a uno u otro lado de un muro; que reconstruya la confianza en las instituciones y vuelva a mirar hacia el mundo desde sus intereses como nación europea y como Estado, no desde las batallas particulares de sus gobernantes. Con un lema pórtico que merece memoria: "Del pasado será responsable quien lo sea; del porvenir somos responsables nosotros". Ese es el desafío. La responsabilidad del porvenir. Y la cuenta atrás ha empezado.