"la Trampa de Tucídides Puede Ser Evitada": Trump Recibe A Xi Jinping con Pompa y Circunstancia para Tapar las Tensiones Entre las Dos Superpotencias
Un lado parece estar fiándolo todo a las relaciones personales, el carisma, la química y la capacidad de su presidente para cerrar tratos. El otro, fiel a su estilo más distante y confiado por su tamaño y potencial, insiste en que en realidad no es tan importante ser grandes amigos, sino que basta con ser buenos socios comerciales y respetuosos vecinos en el tablero global. La gran potencia dominante quiere preservar su estatus. La gran potencia emergente insiste en que la "estabilidad estratégica", con Washington asumiendo que tendrá que irse resignando y retirando en las áreas vitales de interés de China, es el único marco aceptable para el futuro. Ambos lados dicen en público que "la trampa de Tucídides" -palabras de Xi-, esa idea de que el choque es inevitable entre la fuerza que se apaga y la que aspira a ocupar su lugar, "puede superarse". Pero ninguno parece creerlo del todo.
Es bien conocido que para Donald Trump las relaciones internacionales son un juego de suma cero en el que no puede irle bien a todo el mundo. Si tu rival, tu enemigo o incluso tus amigos prosperan y crecen, es que algo estás haciendo mal o se están aprovechando de tu nobleza. Al mismo tiempo, su cosmovisión, anclada en el mundo de la Guerra Fría y un sistema económico que ya no existe, se sustenta sobre la idea de las áreas de influencia y las grandes personalidades. Siente una simpatía o admiración evidente por los hombres fuerte, gente como Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdogan y, desde luego, Xi Jinping. Figuras autoritarias, asertivas, nacionalistas. Por último, adora, como experto en televisión y relaciones públicas, un espectáculo capaz de atraer la atención de todo el planeta. Fiestas, recepciones, salones de baile, grandes techos y cosas doradas. Un buen desfile militar, un arco del triunfo. Y tiene fe ciega en sí mismo para resolver cualquier situación.
Ese saco de factores sirve para contextualizar y situar la visita oficial que el presidente chino está realizando esta semana en Estados Unidos, que empezó el martes con un recibimiento a pie de avión y que seguirá en las próximas horas, con multitud de reuniones y una cena de Estado. Una exhibición de pompa y circunstancia, con las mejores galas, para intentar agasajar y deslumbrar a Xi, devolviendo los honores de la visita de Trump a Pekín en mayo de este año. Los fastos, sin embargo, no pueden tapar la realidad que está detrás. En la capital china quedó claro que Xi no compartía el entusiasmo de Trump y que no tenía ninguna intención de aparentar que hay una relación tan buena y una amistad personal, como pretende la Casa Blanca. Y que las muchas y graves tensiones entre ambos, por Taiwán, los aranceles, la inteligencia artificial, los ciberataques y el apoyo a Irán y Rusia no van a desaparecer. Al revés.
Xi, el líder más asertivo y agresivo de China en décadas, no se plegó al huracán Trump en 2025. No aceptó sus reglas del juego, la avalancha de amenazas y aranceles, la suspensión de licencias o de exportación de chips. Plantó cara, devolvió con la misma moneda, no aceptó pelear con las reglas de su rival. Y Trump, en vez de redoblar esfuerzos, frenó. Pekín tomó buena nota, y en los discursos de Xi, incluido el de hoy, hay sutiles pullas. Frases recordando que "China tiene cuatro veces la población de Estados Unidos". O sobre "los grandes cambios que se van acelerando", una referencia a lo que consideran la decadencia del imperio estadounidense.
La de hoy es la segunda visita oficial de Xi a Washington (que no a EEUU) como líder, después de la de 2015, con Barack Obama como presidente. Es el primer presidente de su país que hace algo así. También es la séptima vez que se sienta junto a Trump desde 2016, ya que este lo recibió en Mar-a-Lago y se vieron en Alemania, Argentina, Japón, Corea del Sur y en Pekín. Pero una diferencia notable respecto a otras es que Xi ha llegado sin líderes empresariales en su comitiva. Según la agencia Xinhua, hay pesos pesados como el ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, o Cai Qi, miembro del Comité Permanente y jefe de Gabinete del Comité Central del Partido Comunista de China, pero no más. "Los dos países deben ser socios, no adversarios (...) Ambas partes deben acercarse y trabajar juntas para construir una relación estable, donde la cooperación sea el pilar fundamental, la competencia se mantenga dentro de límites adecuados, las diferencias se gestionen y se pueda aspirar a la paz", ha dicho el líder chino en un comunicado justo antes de salir de su país, sin hablar de amistades profundas.
Trump, entusiasmado, acudió el martes al aeropuerto a recibir a Xi, algo completamente inusual (salvo en el caso de un Papa, un presidente de Estados Unidos no lo hacía con un mandatario extranjero desde los años 60) y esta misma mañana ha dicho que vio a su homólogo "fuerte, vibrante y en forma, mejor que nunca". "Hemos forjado una verdadera gran amistad", ha dicho en las puertas de la Casa Blanca este jueves. "El presidente Trump y yo nos respetamos mutuamente. Hemos forjado una buena relación personal y nos hemos mantenido en contacto", rebajó el tono su interlocutor.
"Durante esta visita, también hablaremos de temas urgentes relacionados con la seguridad, la tecnología y la superinteligencia. Las decisiones que tomemos hoy en estas áreas pueden promover la paz y la prosperidad durante las próximas décadas", afirmó Trump. "Señor presidente, durante su visita a China este año, acordamos construir una relación constructiva entre China y Estados Unidos basada en la estabilidad estratégica, lo cual ha sido ampliamente acogido por los pueblos de nuestros dos países y por la comunidad internacional. Estoy dispuesto a trabajar con usted para guiar la relación bilateral hacia un futuro próspero", replicó el líder asiático. "Debemos cooperar con sinceridad; los intereses de China y Estados Unidos están profundamente entrelazados, y hay mucho margen para que trabajemos juntos. La cooperación entre China y Estados Unidos tal vez no resuelva todos los problemas del mundo, pero sin nuestra cooperación, sería difícil resolver muchos de ellos".
A pesar de la guerra arancelaria, la retórica en este segundo mandato de Trump no tiene nada que ver con la del primero. Es mucho más conciliadora, menos agresiva. Ya no hay acusaciones como la del origen del Covid e insultos permanentes. Ya no habla todo el tiempo de la injerencia electoral, el abuso monetario. Trump está decidido a intentar crear un vínculo personal con su homólogo, alguien no precisamente caracterizado por su amabilidad. Y ese giro se ha transmitido a la población en general.
Una encuesta del Consejo de Chicago, realizada entre el 10 y el 21 de julio de este año, indica que "la percepción estadounidense de China ha mejorado desde los mínimos de 2024". A pesar de la guerra arancelaria, la mayor asertividad de Pekín y la presión sobre Taiwan y sus vecinos, "los estadounidenses tienen hoy una visión más favorable de China, es menos probable que la consideren una amenaza, y más probable que favorezcan la cooperación sobre la contención", aunque en niveles inferiores a los de la década de 2010. Este giro "hacia la cooperación y el diálogo coincide con la dirección general que Trump ha tomado desde su reunión con Xi Jinping en Pekín en mayo de 2026", dice el informe.
Sin embargo, la mayoría de los republicanos del movimiento MAGA "siguen favoreciendo la limitación del crecimiento del poder de China en lugar de la cooperación". Laura Loomer, amiga y aliada del presidente, influencer conservadora y reina online de las conspiraciones, escribió anoche, en uno de las decenas de tuits que publicó, que era "realmente vergonzoso que a hombres y mujeres estadounidenses en uniforme se les pidiera recibir formalmente a Xi Jinping, el dictador comunista de China mientras el Partido Republicano impulsa mensajes sobre la necesidad de combatir a los comunistas y dice que nunca hay que olvidar lo que el comunismo ha hecho. Supongo que todos olvidaron el Virus de China y la interferencia de China en las elecciones de 2020. Realmente increíble", denunció.
La encuesta muestra datos sorprendentes e inquietantes para las relaciones internacionales, al menos tal y como han funcionado durante décadas. Cuatro de cada diez estadounidenses consideran que las ambiciones territoriales de China representan una amenaza crítica para Estados Unidos, una caída importante respecto al 52% que lo pensaba en 2022. Es más, en caso de que China invada Taiwán, sólo el 38% de los estadounidenses apoya el uso de tropas estadounidenses, cuando hace cinco años eran también más de la mitad.
Por diferentes razones, la mayoría de los estadounidenses (57%) opina que Estados Unidos "debería entablar una cooperación amistosa con China", frente al 40% que se muestra a favor de "limitar activamente el crecimiento del poder chino". Los simpatizantes MAGA (63%) se muestran a favor de limitar el crecimiento del poder chino, mientras que los republicanos no partidarios de MAGA (57%) prefieren un enfoque de cooperación y diálogo. Al otro lado del pasillo, los demócratas de todo el espectro ideológico "apoyan la cooperación y el diálogo con China". Más los liberales (72%) que los moderados o conservadores (64%).